El inicio del posfujimorismo
por Milagros Muñoz
Hay etapas políticas que no se agotan en la oposición ni con la derrota electoral del actor que las encarnó, sino cuando este finalmente llega al poder. Por eso, la victoria de Keiko Fujimori –quien hoy asume la presidencia– iniciaría la etapa posfujimorista del Perú.
Por casi 30 años, la política peruana ha estado organizada alrededor de una gran dicotomía: fujimorismo y antifujimorismo. Pocos clivajes han ordenado tan persistentemente el debate nacional; así, los debates sobre la economía, la seguridad, la Constitución o incluso las reformas institucionales terminaban absorbidos por esa polaridad.
El resultado fue una política crecientemente narrativa. Fujimorismo y antifujimorismo dejaron de ser solo posiciones políticas para convertirse en identidades narrativas capaces de absorber buena parte del debate nacional y de convertir a innumerables actores políticos en miembros de uno u otro bando por atribución, más allá de sus propias convicciones. La principal pregunta ya no era qué convenía más al país, sino si determinada posición favorecía o perjudicaba a una u otra facción.
La llegada de Keiko Fujimori al poder altera esa lógica. El poder convierte las hipótesis en hechos y las narrativas en responsabilidades. Gobernar obliga a abandonar parte del terreno simbólico para entrar en el de la gestión. La discusión deja de girar alrededor de lo que un actor representa y comienza a hacerlo alrededor de lo que hace.
Sus críticos tendrán que serlo frente a decisiones concretas y no frente a escenarios imaginados ni atributos heredados de su apellido.
El posfujimorismo, entonces, no será un Perú sin fujimorismo, sino uno en el que deje de ser el eje narrativo de la discusión nacional. Esa transición se desarrollará estos cinco años, pero se apreciará con mayor claridad en el 2031, cuando el fujimorismo haya dejado de ser una posibilidad para convertirse en un antecedente concreto e inmediato y la discusión política ya no pueda quedar tan fácilmente atrapada en la vieja dicotomía.
Los fujimoristas podrán adaptarse mejor en la medida en que sean capaces de preservar sus mitos de eficiencia y orden. La oposición, en cambio, tendrá que aprender a existir bajo nuevas lógicas si el gobierno de Keiko Fujimori desactiva parte de los elementos narrativos que durante años le permitieron mantenerse cohesionada.
Esto traerá otros desafíos a los militantes de Fuerza Popular que, con su consolidación en el poder, también enfrentarán el posfujimorismo en su propia organización: el paso hacia un 'fuerzapopulismo'.